Después de cuarenta años, creo que hay tiempo más que suficiente como para
reflexionar sobre la actuación de la izquierda en Aguilar de la Frontera, donde
ha gobernado el Ayuntamiento en exclusividad. Solamente en la primeras
elecciones gobernó la extinguida Unión de Centro Democrático y después la
izquierda conquistó el poder municipal constituyendo un monopolio de política y
de ideas en Aguilar, que hacen muy difícil a la juventud poder elegir sus
opciones libremente, ya que todos los movimientos culturales, políticos y
sociales, están ideológicamente impregnados desde el colegio, alguno de ellos
fuertemente politizado y escorado a la izquierda, desde hace cuarenta años.
La cosa es que lo bueno o lo malo, de todo lo que haya ocurrido en este
tiempo en Aguilar, solo tendrá un responsable principal, la izquierda de
Aguilar.
En los años cincuenta empezó a llamarse a Marcuse, el padre de la nueva
izquierda. Sus críticas a la sociedad capitalista, tuvieron eco en las
protestas estudiantiles de la época. En el capitalismo temprano, decía Marcuse,
el movimiento proletario era una fuerza con potencial efectivo para derribar al
régimen. Pero en cambio en el capitalismo avanzado del estado del bienestar,
con una mejora en el nivel de vida de los obreros, el movimiento proletario ha
desaparecido porque reconoce Marcuse que las necesidades mismas del hombre
inmerso en ésta sociedad del bienestar, son ficticias. Marcuse distingue entre
necesidades reales y necesidades ficticias. No hace falta explicar en momentos
de crisis económica, como la que sufrimos ahora, cuáles son las necesidades
reales y las necesidades ficticias.
Un repaso por los líderes políticos también nos llevan a vislumbrar un
cierto paralelismo con las ideas de Marcuse. De los líderes políticos reales
hemos pasado a los líderes políticos ficticios. Ya no quieren derribar el
régimen y ni siquiera cambiarlo, sino que ahora todos quieren sentarse en la
poltrona del poder.
Marcuse hablaba de que, cuando se cambiaban las necesidades reales que
provienen de la naturaleza del hombre, por las necesidades ficticias que provienen
de la conciencia alienada contaminada por la falsedad, el hombre ha fetichizado
su propia conciencia y no puede distinguir la realidad viviendo en una gran
mentira, solo salvada porque siempre hay una cierta esperanza de cambio.
La realidad es que en Aguilar, porque es de Aguilar de donde hablamos, “el
que nace lechón muere cochino”. El índice de paro estructural es y ha sido
inaceptable siempre. ¿De qué han servido tantos años de gobierno municipal de
la izquierda?
Los líderes reales con capacidad de derribar el régimen establecido, una
vez convertidos ellos en el poder, se convirtieron en líderes ficticios. Los
líderes de la izquierda pasaron a ser líderes de la clase media alta, funcionarios con
sueldo fijo, sobre todo maestros, que no
representaban al proletariado ni conocían los problemas de clase por no
haberlos vivido nunca. Tampoco estos líderes ficticios tenían una carga
ideológica con compromiso de clase, sino que era su objetivo sentarse en el
poder en pos de un beneficio personal, bien fuera tras un primer empleo o una
posibilidad de subida de escalafón. El resultado es el inmovilismo de Aguilar.
Los aguilarenses del futuro deberán exigir responsabilidades a los gobernantes
de esa izquierda dominante en Aguilar de la Frontera, incapaces de lograr un
desarrollo económico generador de riqueza y empleo en la localidad.
Con el paso de los años, los partidos de la izquierda se multiplicaron
dando como resultado nuevos partidos. Pero los dirigentes eran los mismos. Simplemente
las cúpulas se desgajaron e hicieron su propio partido para seguir en el poder,
aunque ello fuera a costa de su proletaria ideología. Lo importante eran ellos,
no la clase trabajadora que tiene sus propias y profundas necesidades reales.
Aguilar puede vivir igual toda la vida. Inmóvil. Solo ocupada de subsidios
y llena de carencias, pero con líderes ficticios pertenecientes a la clase
media estable y funcionarial, ocupados de su propio puesto de trabajo y o de su
promoción personal. Aguilar puede vivir toda la vida inmóvil con líderes políticos ficticios a los que poco
importan los problemas de clase pero que tienen bien aprendida la jerga de la
progresía yoli, de que paguen más los que más tienen, los recortes sociales, lo
público frente a lo privado, etc, etc, etc. En suma, una ideología y una jerga
de hace más de doscientos años, de la era de la revolución industrial, que no
sirve para resolver los problemas del necesitado actual.
Ningún líder político de Aguilar tiene ni ha tenido un proyecto para su
pueblo, real. Hace años hice un estudio de los programas electorales y frente a
un presupuesto de seiscientos millones para el funcionamiento de Aguilar, donde
la partida de inversión no ascendía a más de cincuenta millones, prometían
invertir cinco mil millones en Aguilar si les votaban. Estos líderes ficticios,
engañando una y otra vez a su pueblo, se engañaban a ellos mismos porque no
sabían ni de dónde sacar tal cantidad de dinero. Pero ello les ha funcionado a
todos los partidos políticos. Solo que ahora ha llegado el momento para una
nueva generación de pedir responsabilidades a sus gobernantes.
Siguiendo las teorías de un pensador de izquierdas y padre de la nueva
izquierda, como es Marcuse, si tenemos líderes ficticios y la conciencia de
clase está alienada y ha perdido toda posibilidad de cambio, ¿Dónde está esa
esperanza a la que aludía? Desde luego no en el arte.
¿La esperanza vendría acaso en una alternancia de la derecha en el poder
municipal? Yo no lo creo, aunque traería muchos beneficios, sin duda.
La sociedad moderna ha transcendido las derechas y las izquierdas, aunque
les pese a los líderes ficticios que no representan a ninguna clase más que a
ellos. Por consiguiente, la esperanza yo la veo en un auténtico líder local,
que concite a la mayoría de los aguilarenses, sin ningún tinte de nacionalismo
o localismo, también trasnochado. Un líder que concite a la gente que vivimos
aquí y se haga sensible a los problemas del aguilarense de aquí y de ahora, de
los jóvenes, de los parados, de los mayores, de la mujer sin oportunidades, de
los niños. Y que se comprometa con ello sin atender ninguna “moción estúpida”
que vienen de las cúpulas de sus ficticios partidos, atendiendo consignas que no
interesan a los humanos que viven en el siglo veintiuno. Ya es hora de
abandonar el léxico de la revolución industrial de hace doscientos años.
El joven aguilarense comienza a ver con cierta sorna, a los viejos líderes
de la izquierda aguilarense pasear por las calles, ataviados con la bandolera
de progres. Más les hubiera servido ser reconocidos por logros conseguidos,
fruto de su propio trabajo político. Aguilar no tiene que agradecer ningún
logro a esa izquierda. Tampoco a los líderes de su derecha, pero éstos no han
gobernado en Aguilar todavía.
La gente de hoy día, tiene como referencia algo que no teníamos los
mayores. Ellos han visto que dos veces que gobernó la izquierda en España,
terminó con más de un veinte por ciento de paro. No se entiende muy bien que un
trabajador vote a un partido que después le lleve al paro junto con más de seis
millones de españoles. Sin embargo, otro partido demoníaco y contrario a sus
ideologías, es el encargado de resolver los desaguisados del anterior. Estamos
en una sociedad de ideología engañosa, en la que no entendemos bien el mensaje
de nuestros líderes, porque son líderes ficticios, no son líderes reales.
Ante lo inadmisible de la situación de personas sufridoras de estas crisis
tan tremendas, ya no hablaremos más de ideologías ficticias. La esperanza la
encontraremos en un líder joven aguilarense del siglo veintiuno, que concite a
todo el pueblo de Aguilar en un proyecto común para todos. Una cosa buena que
hemos tenido en estos años, es haber aprendido a tener amistad con uno que
piensa políticamente distinto a nosotros y a respetarlo. Además, antes que de
ningún partido, somos aguilarenses y Aguilar nos une a todos, porque todos los
que aquí vivimos, tenemos el mismo interés para nosotros y para nuestros hijos.
Marcuse hablaba de que la solución la encontraríamos en la vanguardia. No
apuntaba más soluciones. Sí la apuntamos nosotros con nuestra llamada a un
nuevo hombre por encima de las actuales ideologías y que se convierta en líder
de su pueblo. Su ideología ha de ser la sensibilidad y el amor a sus gentes. Y
ha de ser generoso, porque la empresa es de altos vuelos y en ella, los hombres
se gastan.
Y reclinada en sus olivares, Aguilar permanece radiante a la espera de su
líder del siglo veintiuno.
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