(Publicado en 2014, en el Aljamíz
un escrito en Aguilar de la Frontera del 27/09/2008. Ya no son siete meses, son
seis años de sufrimiento familiar.)
Son siete
meses ya de la desaparición de Angelines. El pueblo se reúne en la plaza de
Aguilar para recordar su desaparición, dar ánimos a la familia y solicitar a
las autoridades el que no se olviden del caso. Todo con lágrimas contenidas,
rabia contenida, dolor contenido…todo, contenido.
Cuando regreso
a casa no puedo más que acordarme de aquellos poemas de Quevedo. ¡Pues amarga la verdad quiero echarla de mi
boca y si al alma su hiel toca, esconderla, es necedad…! Entonces tengo
ganas de mirar y dirigirme a quienes nos mandan y no precisamente conteniéndome.
Cuando pienso en éste pueblo, como tantos en España, tan tranquilos y lleno de
buenas gentes sencillas, honradas, hospitalarias, trabajadoras… me pregunto
porqué nos están llegando lo malo de una sociedad moderna, que hasta ahora
solamente lo veíamos en la televisión. Intento contenerme.
Cojo un libro
de Miguel Hernández y leo. “No soy de un
pueblo de bueyes, que soy de un pueblo que embargan yacimientos de leones, desfiladeros
de águilas y cordilleras de toros con el orgullo en el asta. Nunca medraron los
bueyes en los páramos de España”. Ya solo pienso en las autoridades. Miro a
mi alrededor y veo un alcalde, un juez, un comandante de puesto de la Guardia
Civil. Y mil políticos.
Sigo leyendo. ¿Quién habló de echar un yugo sobre el
cuello de esta raza?...Asturianos de braveza…andaluces de
relámpagos…castellanos de alma…labrados como la tierra y airosos como las alas.
Yo quiero gritar, sin contenerme, junto con los aguilarenses, al alcalde,
al juez, al comandante de puesto de la Guardia Civil, al Delegado de Gobierno
de Córdoba, a todas las instancias provinciales, que paren ya el dolor de ésta
familia. ¿Para qué queremos gobernantes que cuando le pasa algo a la gente buena
no saben resolverlo?
No se trata de
conceder el beneficio de la duda. Ni se trata de conceder la confianza en las
instituciones. No se trata de echar brindis al sol. Se trata de resolver.
Una autoridad
no se gana en unas oposiciones, ni con el nombramiento de un cargo, ni siquiera
en unas votaciones. La autoridad la regala el pueblo por agradecimiento de una
meritoria actuación bien reconocida. Sigo leyendo. “Yugos os quieren poner gentes de la hierba mala…” ¡Basta ya de
sufrimiento, autoridades! Pido compasión para Angelines y su familia.
¡Resolver!
Hace unos años
coincidí con Angelines en el postoperatorio de su padre y de mi hijo, en el
hospital de Cabra. Allí las horas se hacían eternas. Ella cuidaba a su padre.
Yo cuidaba a mi hijo. Como gente de bien. Gente normal. Preocupados por los
nuestros. Ahora un drama innecesario le ha tocado a ella. Nos ha podido tocar a
cualquiera. Y pienso en el origen de estas lacras. La droga entra en los
pueblos…impunemente. Los valores individuales se pierden a favor de los
sociales. La educación es un valor a la baja, está bien visto no querer
estudiar… No quiero seguir. No es el momento. Pero me dirijo a las autoridades
sin ninguna contención. Sigo leyendo. “Que
mi voz suba a los montes y baje a la tierra y truene, eso pide mi garganta...” Maldita
suerte. Sigo leyendo. “Aquí estoy para
vivir mientras el alma me suene, y aquí estoy para morir, cuando la hora me
llegue, en los veneros del pueblo desde ahora y desde siempre. Varios tragos es
la vida y un solo trago es la muerte.”
¡Ojalá
Angelines esté viva! ¡Ojalá se haya ido voluntariamente para quitarse del yugo
de problemas irredentos! Pero si no es así, señores autoridades, terminar con
el drama de ésta familia. Resolver el caso.
Sigo leyendo a
Miguel Hernández. “Crepúsculo de los
bueyes, está despuntando el alba.” Que así sea.
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