sábado, 5 de abril de 2014

SE MURIÓ EL LATONERO

(Publicado en el Aljamíz en el 2014, para preservar la memoria del que fue un gran hombre, paria entre los parias, pero un aguilarense nuestro.)

Aguilar, enero 2008

            Esta noticia la oí como un cotidiano comentario ayer día diez de enero. Me causó cierto sentimiento porque éste hombre, con el que nunca hablé, me caía bien. Lo conocía todo el mundo como el latonero porque era de aquellos que restañaba el latón, arreglaban las varillas de los paraguas y eran de aquellos trabajadores errantes y callejeros que arreglaban las cosas de los pobres. Lo conocí hace más de treinta años cuando vivía en una de las cuevas del Castillo de Aguilar. Allí sin agua ni luz. Entre las ratas de la hoya de la cantera y vertedero donde se ubicaba su cueva.  Desde entonces me causó sensación su porte erguido, serio, mayestático y enjuto. Tenía la piel curtida por el frío y el sol de la intemperie. Sus arrugas eran simas profundas labradas por las incomodidades. Y sin embargo, tenía maneras de Señor.
            El latonero, podía ser un quinqui o merchero, dedicado a la quincalla o cosas de metal barato. La forma de vida de estas personas era el nomadismo, la venta ambulante y el chabolismo. Creo que le conocí alguna familia que desapareció hace muchos años de la cueva. Pero durante años y años lo vi solo en su cueva del Castillo.
            Un buen día fue sacado de la cueva y llevado a la Residencia Municipal de Ancianos de Aguilar. Y allí se obró un milagro. Esta residencia, que yo mismo denostaba por otros motivos, fue el palacio de éste Señor durante años, hasta su muerte.  Lo vimos arreglado y limpio por las calles. Con sus filigranas de hojalata entre sus manos que exponía en exposiciones de la Residencia Municipal de Ancianos. Este hombre, el Señor de los don nadie, era buena persona. Vivió de lo que la naturaleza le dio sin molestar a nadie. No creo que fuera cliente de los bancos ni de los centros comerciales. No creo que se distinguiera por tener nunca nada. Es posible que le dieran una pensión de beneficencia y le otorgara el pueblo de Aguilar, la gracia de vivir sus últimos años en la Residencia Municipal de Ancianos. Yo le recuerdo vestido con ropas sencillas. Pero impecable. De aspecto no bello. Pero limpio. Las enfermedades adquiridas le pasaron factura hasta perder un ojo. Pero seguía caminando por la calle como el Señor que era. Caminar lento y pausado, sin prisas, en silencio, sin molestar a nadie. Como su vida.
            Mi mujer me dijo que en Navidad le dieron la extremaunción y alguien que fue testigo del momento, quedó impactado por la devoción con que aquel Señor recibió el sacramento. Agarrado de la mano de una cuidadora, un Señor recibió al otro Señor. Desde aquí quiero decir a las cuidadoras y cuidadores del Asilo, que me siento orgulloso de ellos y que les rindo mi pleitesía de honra y honor.
            Ya murió otro paria. Tal vez su memoria haya desaparecido de éste mundo. ¿A quién podría importarle? No sé siquiera si hubo mucha gente en el entierro, pero no me equivoco al pensar que estarían los justos. ¡Y otro a las cuatro fanegas a descansar eternamente!. Pero no. Yo no creo que se haya ido un paria más.  Este Señor, ha sido recibido por el mismísimo San Pedro que ha salido a recibirle con todas las trompetas angélicas. Le han llevado en trono de marfil ante el Altísimo y Dios le ha sentado a su diestra para toda la eternidad. Allí está ahora el Señor latonero. En vida nunca tuvo nada, ahora le sobra todo. Allí estará con otros que lo tuvieron todo en la vida, pero a éstos, no les fue a recibir San Pedro.
            Quiero que ésta nota sea un homenaje a éste Señor Latonero y le pido a los aguilarenses que le rindan homenaje. Que su memoria quede en los anales de la historia de Aguilar como un hijo de Aguilar, bueno. Sin poseer nunca nada, viviendo en una cueva, sin alcurnia, sin blasones.
            El auro de la paz, entre estandartes del cielo y ejércitos de querubines, sale a recibir al victorioso Señor Latonero de Aguilar. Buen hombre y mejor persona.

            Y con cosas así me siento orgulloso de ser de Aguilar. Un hombre que fue cuidado hasta su muerte como un hijo de Aguilar. Por aguilarenses y desde las instituciones de Aguilar. Y era un hombre bueno, por ello reivindico su memoria.

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