miércoles, 26 de marzo de 2014

Adolfo Suárez

Una familia normal española
"El verdadero castellano es indomable, no le reduce ni el frío ni el calor ni el hambre ni la tortura, ni la paz ni la guerra, es altivo y libre bajo una apariencia humilde y sencilla; y desde remotas épocas, mientras otros pueblos y razas de la historia vivían en la servidumbre, él sólo impera por la generosidad y el heroismo. Antes morir que entregarse. Fue aventurero e independiente, con orgullo y dignidad de su pobreza llega a mendigante, pero no a esclavo. En cambio se rindió siempre al que le llamó amigo."
Luis Pérez Rubín, escritor español del s.XIX, Flor de la vida.
Si además, se es castellano viejo de Ávila de los Caballeros, entonces hay que sumar una cualidad imperativa que es la lealtad. La lealtad de los caballeros del “Hito del Reto”, que suman a su altivez la valentía y luchan hasta la muerte en pos de su rey o de su patria.
Ávila es también tierra de labriegos con talante de señores, como decía Machado. ¿Y cuál es ese talante de señores? Pues es el señorío que rige todos los actos de la vida, que dimanan de su inteligencia y de su voluntad. (Alfonso Aguiló).
Para ser “señores” hay que tener serenidad y equilibrio en la vida diaria. Ni se azoran en la lucha ni se vienen abajo con los contratiempos. Tienen paciencia en la espera y dan tiempo al tiempo, sin transigir ni justificar sus actos impacientes. Un señor es elegante ante el fracaso o triunfo. Ese talante ante la adversidad le hace no hundirse con los contratiempos y vuelven a empezar sin nerviosismos conservando la calma, confiriendo un especial atractivo humano frente al que pierde su buen talante. Ante el triunfo, a un señor no se le suben a la cabeza los éxitos y los maneja con elegancia y sencillez. Ante la adversidad un señor mantiene su nobleza, su lealtad y su señorío frente al agravio, por ello mantiene la palabra dada, es leal y no recurre al insulto ante una afrenta, mostrando clase y dignidad. No entra con su agresor en el juego sucio de injurias y mentiras y se defiende sin murmuraciones ante su ausencia. Siempre habla bien de los demás.
Un señor mantiene siempre el dominio de sí mismo, empezando por el control de su imaginación que trata de restar la ansiedad a los sueños, o restar la distracción y fantasía ante la obligación, o le produce desánimo por la excesiva elucubración. Frente al desánimo o pesimismo, un señor propone la disciplina mental orientando los pensamientos inútiles que sobran, protegiéndose de los peligros del pesimismo, de la tristeza y de la vanidad.  Un señor rechaza la envidia y no se alegra nunca del fracaso de los demás. Tampoco tiene resentimientos, que hacen del mundo interior un mundo de agravios y rencores que solo sirven para recordar lo malo.
El señor sabe perdonar y olvidar y esas son las verdaderas llaves de conseguir la paz interior. El orden en su cabeza le hace priorizar lo importante, huyendo de lo que le apetece. No hace lo urgente frente a lo importante,  ni lo fácil antes que lo difícil, ni lo rápido a lo más tardo y lento. El señor sabe escuchar con corrección. No escucha las adulaciones, admiten sus errores y rectifican su error de buen grado, manteniendo su estima y un especial afecto a quien tuvo el valor de advertirle de sus errores, quedándole siempre agradecido.
Adolfo Suárez con su madre
Ávila es también vieja Castilla, tierra dura. Antonio Machado en Campos de Castilla, Orillas del Duero, dice:
¡Oh tierra ingrata y fuerte, tierra mía!
¡Castilla, tus decrépitas ciudades!
¡La agria melancolía
que puebla tus sombrías soledades!
¡Castilla varonil, adusta tierra.
Castilla del desdén contra la suerte,
Castilla del dolor y de la guerra,
tierra inmortal, Castilla de la muerte!
En la Moncloa

 Alfonso Coronel, sublevado frente a Pedro I el Cruel, en Aguilar de la Frontera, hizo célebre aquella frase ante su ajusticiamiento : “Esta es Castilla, que hace sus hombres y los gasta”.
Acaba de morir Adolfo Suárez. Ha muerto un caballero abulense, con talante de señor y gastado en la empresa de servir a su patria y a su rey.
He leído una nota de alguien que dice apreciarle a pesar de no haberle votado nunca. Yo le voté siempre hasta que me quedé sin papeletas en la mesa electoral.
Mis amigos dicen que Adolfo era uno de nuestros jefes en los campamentos de verano, cuando éramos niños. Pero la verdad es que yo no le recuerdo allí, en Gredos. Supe con el tiempo que estudió leyes en Salamanca con un tío mío y el último reducto de su partido aguantó hasta el final en su Ávila capital siendo el Presidente provincial mi primo y amigo íntimo José María. También en Córdoba fue su máximo representante, mi amigo Antonio José Delgado de Jesús, quién en una comida en Lucena, me lo presentó y hablamos un poquito los tres. Me dijo que al día siguiente estaría en mi pueblo con mi tío, lo que me hizo estar con Adolfo Suárez como con alguien muy familiar. Estuve otras veces con él, pero el magnetismo que producía en la gente, era imposible acercarse a menos de cuatro metros, ya que un círculo de personas le rodeaba perennemente, todos queriéndole tocar.


Pero siempre fui de su partido y le ayudé cuanto pude. Estuve muy cercano a los cuadros directivos pero no quise ser político nunca. Sin embargo tuvo siempre mi lealtad. Por eso, yo como nadie sé lo que tuve que soportar de cuantos le negaron el pan y la sal a Adolfo Suárez en aquel momento. Ahora, tirios y troyanos le añoran y vituperan. Pero no les tengo ningún rencor. Esta es Castilla, que hace sus hombres y los gasta. Yo añado además, que en España sublimamos a una persona con la muerte.  Yo también soy abulense, de manera que debo aplicarme el tener el talante y señorío de nuestros labriegos. No, no tengo rencor.
Ríos de tinta corren en halagos del hombre que ha muerto. Todos ciertos. Unos reconocen su obra, otros su audacia, otros su valentía, su magnetismo, su simpatía…su honradez. Páginas y páginas que hablan del político, del hombre, del amigo, del marido y del padre.
Hace unos años vine de Ávila informando de un escándalo ocurrido en la ciudad, porque Banesto había embargado la casa del ex presidente Suárez pues no le había podido pagar a tiempo un crédito. Una casa hecha piedra a piedra, con toda la ilusión de una vida. También yo hablaba de cómo su amigo Osorio le hacía partícipe de comisiones para meterle dinero en su casa, casi engañándole. Con toda seguridad, la tragedia familiar se cebaba en la casa de Adolfo Suárez, motivada por las enfermedades de su esposa e hijas. Solo se encaraba a su tragedia con un reducido número de amigos. Solo unas declaraciones de Adolfo en cualquier publicación, le hubieran servido para ingresar millones y resolver su problema económico. Cualquier libro de memorias del que sabía más que nadie. Manos y corazón límpios.
Adolfo Suárez tuvo muy buenos amigos. Yo conocí a alguno de ellos. Chus Viana era un vitoriano al que le vi defender en las Cortes a su amigo Adolfo, encarándose con los traidores de su propio partido. A los dos días de aquello coincidí con él en un vuelo de Madrid a Vitoria y me contó los detalles de aquella intervención. Olvidé aquellos detalles pero solo recuerdo que ese amigo lo quería yo para mí. También conocí a Daniel de Fernando, Presidente de la Diputación de Ávila y a José Luís Sagredo, de Salamanca, Consejero de la Junta de Castilla y León en Valladolid.  Amigos íntimos de verdad.
Ignacio Gallego del PC, dos días después del 23-F, paseando los dos solos y cogido de mi brazo en visita a mi empresa, todos los años nos visitaba, me contó el fallido golpe de estado con todo lujo de detalles. Y naturalmente me habló del valor de aquel hombre, Adolfo Suárez, y de la raza política de Martín Villa, que no paró de hacer política en los momentos que se llevaron al Presidente a una sala del Congreso.
Son retazos estos, por los que yo fui leal a Adolfo Suárez y me hundí con él agarrado al mástil del barco, sin abandonarlo. Mi amigo Antonio José murió joven y el partido desapareció de las listas de Córdoba y de España.
Campaña electoral
Ahora son otros tiempos. Me alegro sin rencor,  de que España entera reconozca la labor de ese hombre, incluidos los que antes le atacaron. Y me alegro porque España demande a sus políticos de hoy,  los valores que un abulense más, vertió en España.
Teresa de Jesús, Alonso de Madrigal, Isabel de Castilla, San Juan de la Cruz, Tomás Luís de Victoria, Claudio Sánchez de Albornoz, José Luís Aranguren, Agustín Rodríguez Sahagún, su amigo que vivió en la misma casa, son abulenses para España y para el mundo, que precedieron a Adolfo Suárez. Todos con el talante especial que portan los sencillos labriegos, nuestros abuelos.
Ávila de los “Santos y de los Cantos”, de los “Caballeros” o por la tragedia de las Hervencias, convertida en “Ávila del Rey”, siempre se levantó al grito de por ¡Ávila, caballeros¡ Por eso, hasta mi padrino, que no fue político jamás, acudía a la llamada de Adolfo para ir como apoderado de su partido a mesas electorales en Andalucía.
Adolfo era un hombre del pueblo. No pertenecía a ninguna élite. Ni estudió en ningún colegio de pago, sino que estudió su carrera por libre en Salamanca. Pero ese talante de señor, no se estudia en ningún colegio de pago ni se aprende en ninguna universidad, ni lo tienen los abogados del estado, aquellos que quisieron arrebatarle la Jefatura del Estado. Ese talante de señor, solo lo heredan los humildes,  de sus antepasados. Antepasados que forman la esencia íntima del pueblo viejo español. Como los de la Vieja Castilla, como los de Ávila de los Caballeros.
El noble campo castellano de Ávila, ha recogido los restos mortales de Adolfo Suárez para su eterno descanso. Y su memoria la ha colgado de las cumbres más altas de Castilla, que son las de Gredos, y desde ese centro de España ondean, ya tocando el cielo, en el hastial  del Pico Almanzor. Allí su memoria, ondea  al viento en su lábaro patrio, pregonando haber servido a su patria y a su rey. También su crismón ondea como emblema de Cristo, porque también sirvió a su Dios. Para los más jóvenes ha quedado su memoria en el Museo de Adolfo Suárez y la Transición, en Cebreros. Él no supo nunca que sus amigos se ocuparon de inmortalizarlo allí, para las generaciones venideras. Y como el Cid, la última batalla de unidad patria la está ganando después de muerto. Un gran hombre acaba de pasar a la historia.
JMM


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