Felicidad Insultante
Es la de Manolillo el Enreoso.
Ya se sabe que en los pueblos
preparamos concienzudamente a nuestros hijos, con los mayores sacrificios de
que somos capaces, para darles la educación que nosotros nunca tuvimos. Por eso
cuando la adquieren, se nos van lejos en busca de oportunidades que aquí nunca tendrán. Solo nos
quedan los demás. Es decir, los del montón y los tontos de remate. Para ellos
solo les queda la carrera política.
La vida se nos viene muy dura de
vez en cuando, a todos. Y curiosamente, en los momentos peores suelo ver un
matíz, y claro está soy el único que lo veo, como siempre a contracorriente. La
crisis golpea fuerte a esos más listos que se nos han ido fuera en busca de
oportunidades que no tienen, después golpea fuerte a los del montón que están a
la cabeza del grupo y que se mueven y buscan su vida y tienen responsabilidades
aquí , menos fuerte a los mediocres del montón sin responsabilidades, y, nada a
los tontos de remate. A estas medianías sin responsabilidades y a los tontos de
remate, históricamente les viene la sociedad subvencionando. Por ello no tienen
problemas. Algunos ocupan cargos políticos desde que nacieron, en partidos que mantienen
el discurso de la revolución industrial de hace más de doscientos años. Todavía
no se han enterado que eso ya pasó. Otros tontos de remate, no parece que así
sean, porque creo que son los más listos de todos.
Con lo que hoy está cayendo, he
salido de casa por obligación a un asunto. Cogí el coche apesadumbrado y un poco abrumado por cosas que no vienen al
caso y al doblar una esquina ví a Manolillo el Enreoso con el paraguas en una
mano y la otra llena de churros que iba comiendo con indisimulada fruición,
lleno de felicidad. A éste no le importa la lluvia, ni la crisis, ni las
pateras, ni los unos, ni los otros, ni el paro. Él es un trabajador del paro.
Siempre estuvo en el paro y siempre estuvo subvencionado. Su única
responsabilidad es acudir a las manifestaciones que se convoquen sean cuáles
sean. Hoy ponía al mal tiempo buena cara. Pero al mal tiempo metereológico. Y
eso ya sí que es el colmo, por eso su felicidad me es insultante.
Después he pensado, que Manolillo
no es nada tonto. Tal vez sea el más listo. Hace treinta años que se instaló
ahí y no tiene necesidad de otra cosa. Esta sociedad es una bicoca para él. En
el pasado yo bromeaba que las figuras típicas de la España irredenta, la vieja del
pueblo y el tonto del pueblo, tenían paga oficial. Aquella broma del pasado hoy
se torna en una realidad plausible. Al que se autoexcluye, le dan una paga. Por
eso camina por la calle con esa felicidad que choca tanto con la de los demás. Es desafiante. Es verdad que camina limpio y arreglado en horas de
trabajo… pero él no ha trabajado nunca. Es verdad que va andando y no tiene
coche, pero tiene paraguas. Es verdad que no comerá caviar de Beluga, pero come
churros con fruición. Y sonríe. Y encima sonríe. Y parece feliz. No puedo
pensar en nuestros jóvenes sesudos, llenos de títulos y sin poder trabajar.
¿Podrán acercarse a la felicidad algún día? Menos mal que soy yo el único que
ve las cosas a contracorriente. Ellos aunque vean a Manolillo el Enreoso de la
misma manera que yo, solo verán a un tonto más, no verán a la felicidad desafiante, ni les tenemos que explicar que les obligamos a ir hacia un fracaso.
Pasé con el coche al lado de
Manolillo que me regaló su sonrisa mofletuda a todo carrillo y con la boca llena,
girando su cabeza y manteniéndola vuelta sin decirme ni adiós ni nada. Me
pareció una sonrisa insultante.
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