
Pero además es que se ha ido el
más genuino aguilarense del momento actual. Me ha gustado mucho la reseña
escueta de Diego Igeño en el ABC, en la que le define con sus tres pasiones del
derecho, la política y la de su patria chica Aguilar. Escueta sí, porque si
hubiera enumerado los méritos, habría necesitado un libro.
Y siendo grande entre los
grandes, quiso que sus restos descansaran en Aguilar, entre los suyos. Era Hijo
Predilecto de Aguilar y por eso Aguilar debe perpetuar su memoria. Sin duda, en
los próximos días aparecerá algún panegírico y aparecerán algunas honras. Todas
merecidas.
Yo conocí, en mi llegada a
Aguilar hace más de cuarenta años, a tres amigos que nos daban la tabarra en el
verano, estando hasta las tantas horas de la noche, hablando en animadísima
charla, con las risotadas por las remembranzas de las andanzas de su niñez. Lo de tabarra es en sentido cariñoso,
porque uno de ellos era el primo Paco Cabezas, el otro Vicente Núñez y el
tercero, Pepe Aparicio. ¡Vaya tres patas para un banco! Amigos sí… una vez me
dijo Vicente que, casi con pantalones cortos, hablaban ya de Malher en el Llano
de las Coronadas, sentados los domingos en los bancos del paseo. Precoces diría
yo. En aquella época, Paco ya era el Excmo. Sr. Comisario de la Cuenca del
Segura, Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, Pepe era el Excmo. Sr.
Gobernador de Murcia o de Asturias, siendo una autoridad en la Fiscalía de
España y Vicente era el bibliotecario
del pueblo. Unos años más… y sería el más excelente de los poetas de habla
hispana, y los tres, aguilarenses por los cuatro costados, con sus familias,
sus recuerdos, sus amigos… todos tuvieron que irse fuera pero encontraron
ocasión para regresar continuamente. Y hoy, los restos mortales de los tres y
su memoria, descansan para siempre en
Aguilar de la Frontera.
Paco Cabezas nos dejó el primero, pero siempre me dijo
Vicente que era de una valía humana e intelectual extraordinaria. Nunca le
faltaba una copa de fino, ejerciendo su andalucismo allá en la lejanía donde
viviera. Le encantaban las aceitunas partidas de mi suegra y le encantaba ir a
cualquier bar de Aguilar con su familia
a tomar una copa. Recuerdo en los momentos del cambio y con la gente
joven, cómo departía entusiasmado al
hilo de la nueva música de los poetas andaluces de Agua Viva. Le admirábamos
todos y se nos fue temprano, muy temprano. Pero dejó la bonhomía y la capacidad
intelectual en su descendencia. Y también su amor por Aguilar. Y aquí le
trajeron a enterrar.
Vicente, un día se destapó y nos
sorprendió. Me dijo que escribió aquel poema de Ocaso en Poley porque se estaba
ahogando. ¡Cómo le comprendí! Esa mente privilegiada, limitada entre viejas paredes
y condenada a un ostracismo intelectual… no le importaba morir. Pero escribió
unos poemas memorables y los intelectuales se le rindieron. Yo fui el primer
sorprendido y como fuimos los dos, los inventores de la terraza de verano del
Tuta, tuve ocasión de hablar con él de muchas cosas y me hice su más fiel
lector y admirador. Y cómo no, hablamos mucho, mucho de sus dos amigos y de su
bachiller junto a ellos. La vida pública de Vicente, a partir de ese momento
sería la más conocida de los tres en Aguilar, porque vivía aquí. Y también
yacen aquí sus restos para siempre.
Un día Antonio Sánchez me dijo
que vendría Pepe Aparicio a tomar una copa a la bodega. Allí, en la mesa camilla,
hablaba de Castán al alimón con las bonanzas de
la uva Pedro Ximenez. Y válgame Dios que aquellos ojos nítidos dejaban
vislumbrar su sabiduría. Pero sobre todo cuando hablaba era una enciclopedia
abierta por cualquier página y tema. Era un placer hablar con aquel hombre en
la mesa camilla. Nos fuimos encantados y para mi sorpresa, me dijo Antonio
Sánchez que yo no le había dejado hablar. Y eso sí que era difícil con Pepe
Aparicio. Perplejo, sorprendido y un poco avergonzado, deduje que podría ser
porque acababa de hacer un estudio económico de Aguilar de la Frontera y los
datos que yo aportaba, indudablemente eran muy sugerentes. Y aquel hombre, como
intelectual y sabio que era, también aprendía de zopencos como yo, que tenía un
dato casi exclusivo en aquel momento. Aprendí de Pepe Aparicio una lección de
humildad intelectual que no olvidé nunca.
Sin duda, aparecerán panegíricos
sobre este gran hombre que hoy hemos enterrado. Glosarán otros su gloria. Pero
yo quise acercarme a él y ver cómo era en su ambiente de Aguilar, en dos
retazos y al abrigo de sus dos grandes amigos. Estoy seguro que Pepe Aparicio
estaría encantado de saberse reunido en ésta cuartilla con Paco y Vicente,
siguiendo rememorando su juventud por los campos de Aguilar, tomando una copa
en una bodega con sus vecinos, o leyendo un libro en su biblioteca. Cuántas
veces se le veía leyendo en su casa desde la calle Moralejo.
Reivindico que perdure su
memoria. La de Vicente ya está. En vida se le reconoció. La de Paco, más
entrañable, solo es conocida por su familia, pero pertenece a ese grupo de
aguilarenses que han ocupado cargos de responsabilidad en España y amaron
Aguilar hasta querer descansar aquí. Estos se merecen un respetado recuerdo. Y
la de Pepe…, si a Juan Zapatones se le dedicó una estatua y bien que está
dedicada…, ¿Que no se merecerá este Excelentísimo Señor? ¿Y porqué no una estatua
a otros aguilarenses de pro… empezando por Don Gonzalo de Aguilar y Fernández
de Córdoba, El Gran Capitán? Para ellos podemos empezar a adornar la plaza
ochavada.
A su familia, un abrazo muy
entrañable.
Que descanse en paz.
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